quinta-feira, 20 de abril de 2017

"Artigas y los Perros Cimarrones" (Orestes Araújo, 1923)


Víctima la Banda Oriental de las ambiciones de los portugueses y del encono de algunos políticos argentinos, que por odio a Artigas habían negociado en Río Janeiro la venida de los primeros, vióse en breve convertida en un inmenso campamento, pues si de una parte las tropas extranjeras ocupaban grandes zonas de territorio, el caudillo oriental reunía sus huestes en el Norte a fin de detener la atrevida marcha de los invasores. 

Chocaron con estruendo las armas de ambos contendientes ; sangre patriota y lusitana enrojeció la campaña uruguaya, y el luto y la desolación hicieron presa en el ánimo de las gentes más timoratas, de las abandonadas mujeres, de los impotentes ancianos y de los indefensos niños, que creían a su patria para siempre uncida al carro triunfal del conquistador. 

Nutridas divisiones de soldados al mando de aguerridos generales cruzaban los campos, cometiendo al pasar todo género de atropellos, ultrajando a sus pacíficos moradores y, despreciando las conveniencias y respetos a que son 
acreedores los ciudadanos de un país civilizado, entregábanse a los mayores excesos en la propiedad y en las familias, sin que ninguno de sus jefes se opusiese a semejantes atentados. 

El comercio languideció extraordinariamente la industria ganadera, que sólo medra y prospera con la paz, casi extinguióse, y disminuyó la población, pues los habitantes huían del contacto de sus conquistadores. 

La guerra de la invasión duró tres años seguidos, — dice el escritor brasileño Pereira de Silva. — Las tropas portuguesas encontraron resistencia, combates, celadas, oposiciones de toda especie, por todas partes y en todas las localidades de la provincia. Talados quedaron los campos, destruidas las poblaciones, desiertos los establecimientos de cría de ganado, industria principal y casi única del Estado.

Perro cimarrón uruguayo: Cachorro de 2 meses

Rudos combates había sostenido Artigas y varias derrotas diezmaron sus filas, aunque nunca los descalabros que sufriera fueron bastante a decidirlo a deponer las armas. 

Ejemplo de ello tenemos en la acción del arroyo del Catalán, que tuvo lugar el 4 de enero de 1817, considerada como una de las batallas más prolongadas y sangrientas que registra la historia de la independencia uruguaya. Todo el día se luchó allí con desesperados bríos, y si por desgracia para la causa de los orientales, quedaron miles de éstos en el campo de batalla, el triunfo de los invasores fué tan laborioso, que cubrió de honra a los vencidos, quienes patentizaron una vez más su incomparable heroísmo, su amor a la patria y su culto a la libertad. 

Creyó entonces Lecor que aquel era el momento más adecuado para entrar en arreglos con Artigas, a fin de que pacíficamente se sometiese, y le propuso el goce del sueldo de coronel de infantería portuguesa, su retiro a Río Janeiro u otro cualquier punto del reino de Portugal para residir, a condición de que disolviese las ya reducidísimas fuerzas que le quedaban y entregase sus armas y municiones. 

«Diezmadas se encontraban las fuerzas del Libertador; rota, aunque no abatida, su bandera, — dice el Sr. Arreguine ; — sombrío el porvenir, y sin más esperanzas que la de la muerte; » pero el guerrillero oriental rechazó con dignidad las tentadoras proposiciones que se le hacían a cambio de un vergonzoso sometimiento, contestando al enviado del jefe portugués: 

«— Dígale a su amo que cuando me falten hombres para combatir a sus secuaces, los he de pelear con perros cimarrones. » 

« Y no fué vano alarde la frase, — dice el mismo autor, — pues en más de una refriega también éstos tomaron parte a favor de los republícanos, de quienes parecían ser aliados en aquellas horas de correrías y vicisitudes en que los americanos compraban la independencia al precio de la vida.» 

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Orestes Araújo, Episodios Historicos, Montevideú, Dornaleche Hermanos, 1923, pp. 35-39
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Orestes Araújo (Mahón, Menorca, España, 22 de octubre de 1853 - Montevideo, 31 de agosto de 1915) fue un profesor, maestro, periodista e historiador uruguayo. Se radicó en Montevideo en 1870 y comenzó a trabajar como redactor del diario La Paz, fundado por José Pedro Varela. Colaboró con él y después con su hermano Jacobo a nivel de inspección de escuelas, tarea que le ocupó hasta 1889.

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